Pese a no ser en general susceptible a la idea de que existen eventos cuya aparición tienen significado o sirven de “señales” en la vida, puedo ver como fácilmente podemos estar sujetos a dichas interpretaciones. Por ejemplo, hablo de pensar en alguien a quien no se ha visto durante años y encontrárselo de repente en la calle, o hacerse una pregunta importante a uno mismo e interpretar el caer inesperado de una pluma como confirmación de lo que se pensaba.

La razón de esta nota es que navegando las impredecibles páginas del internet anclé en el blog de Iñigo Quiles, uno de mis nuevos héroes desde la fascinación reciente que tengo con escribir código para shaders. Miro que la primera entrada de su blog, datada en 2008, la hizo cuando tenía 29 años, exactamente la edad que tengo en este momento. Esta trivial coincidencia y lo ameno que me ha resultado leer sus breves entradas, me ha convencido de que es el momento apropiado para retomar algo que hacía naturalmente desde que tengo memoria y que de repente es casi una necesidad biológica: iterar palabras en forma de notas, cuentos, memorias o poemas. Otra de las razones, de fuerza superior, es que en una conversación con mi padre al iniciar el año 2017 le había prometido tratar de escribir otra vez, continuamente, ya que para él la ejecución poética es simplemente respirar. Que quede claro entonces que el hecho de ponerse manos a la obra no es cuestión de responder a una señal azarosa de la vida, sino la de tomar una decisión y más importante, una acción consecuente. Las señales son inocuas sin acciones. Este blog será así una manifestación informal de mi necesidad por iterar nuevamente palabras y símbolos.

Es claro que cualquier forma de información abierta lleva inherentemente cierta responsabilidad y que uno tiene mayor cuidado y disciplina con lo que comparte. Si escribiera únicamente para mí, en el computador o un cuaderno, ocurriría lo que siempre ocurre cuando no existe un propósito definido, es decir un progresivo agotamiento de la voluntad y el consecuente desistimiento. En el caso de mi blog, en principio, el propósito más evidente es simple: engrasar mi idioma nativo, que se ha oxidado por vivir en un país de origen germánico en el que confluyen las lenguas más dispares con resultados catastróficos.

Universalmente, en Holanda la conversación ocurre en inglés, pero no un inglés nativo sino internacional, que quiere decir contaminado (o enriquecido, dejémoselo a los lingüistas) por todo tipo de expresiones en otros idiomas y errores gramaticales al hablar. En un día ordinario, mi oído registra al menos tres idiomas distintos: lituano, holandés e inglés, y en un día de gran afluencia social la cifra fácilmente puede subir hasta seis. Curiosamente, pese a la gran variedad, rara vez tengo oportunidad de hablar en español (o castellano, como irónicamente le llaman los españoles) y como consecuencia siento después de seis años que mi idioma natural ha sufrido. Para empeorar el panorama, durante mis estudios leí y escribí casi exclusivamente textos técnicos en inglés. Ocasionalmente tomaba algunos de mis libros de cabecera, sean Borges, Bolaño o la fiable traducción al español de varios cuentos de Kipling que tengo desde mis quince, pero ahora que tengo más tiempo vale la pena retomar el idioma.


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